UN CUARTO DE SIGLO DEL PAMPLONETARIO

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El proyector del Planetario de Pamplona. (Cortesía Pamplonetario)

A comienzos de los 90 se produce un fenómeno importante en la divulgación de la ciencia en nuestro país: comienzan a nacer museos de ciencia y planetarios animados por lo que en otros ámbitos se habría denominado un modelo de éxito, que había traído, en Barcelona de la mano de la Caixa y en A Coruña de su ayuntamiento, una forma de entenderlos no solo como una herramienta para fomentar en el público escolar el gusto por la ciencia, sino como lugares de encuentros entre la investigación y la sociedad, propuestas transversales para todos los públicos en un mundo en el que la preocupación cultural comenzaba tímidamente a reconocer que para entender ese final de milenio hacía falta una reflexión sobre el avance tecnológico y las ideas de la ciencia que lo propiciaban. El Planetari de Castellón, el Museo de la Ciencia y el Cosmos de La Laguna, el Parque de las Ciencias de Granada y el Planetario de Pamplona llegaron (llegamos) con las ideas de introducirnos en un panorama cultural español donde la ciencia estaba, simplemente, desaparecida. Y luego vinieron otros.

Los planetarios, con el empuje que promovió el Planetario de Madrid, supimos desde el comienzo que las historias que se narran bajo el cielo estrellado de la cúpula hablan también de nuestra historia, de arte y de descubrimiento. Y de emociones. La astronomía estaba pujante, con el Hubble como gran motor de imágenes sorprendentes y de contenido científico, se comenzaban a descubrir los primeros exoplanetas, y desde España se vivía ese despliegue de la astrofísica que, afortunadamente, sobrevivió a esas crisis de los 90 y casi (ojalá) a las que fueron llegando, sobre todo desde hace diez años. La consolidación del mapa de las agrupaciones astronómicas, la explosión del mundo de la divulgación científica, Internet, las nuevas ciencias… Hemos vivido contando cada nueva historia en este tiempo en que además las tecnologías de la imagen han permitido que nuestras cúpulas se conviertan en lugares donde cabe toda la maravilla del universo.

No sin dificultades: sabemos bien que cada día tenemos que seguir demostrando a las instituciones, habitualmente escépticas de lo científico, que los museos de ciencia tienen un sentido como calidad de vida ciudadana, como motor de progreso, como compromiso para poder explicar y discutir un mundo cambiante, donde la reflexión serena que proporciona el cielo estrellado invita a reflexionar sobre los nuevos avances en cosmología como espectador privilegiado del mismo nacimiento del universo. Y seguimos haciéndolo, en un nuevo milenio, atentos a cada una de las noticias que leemos en esta revista, contándola para tanta gente como vosotras, como vosotros, que la leéis.